¿Por qué de Venezuela sabemos todo pero de Burkina Faso nada?

Al mirar los medios de comunicación masivos, es inevitable dejar de pensar en algo que nos enseñó Ryszard Kapuscinski, uno de los más grandes periodistas del Siglo XX, en su obra Los cinco sentidos del periodista:

Nuestra profesión (el periodismo), siempre se basó en la búsqueda de la verdad (…) Muchas veces la información funcionó como un arma en la lucha política, por la influencia y el poder. Pero hoy, tras el ingreso del gran capital a los medios masivos, ese valor fue remplazado por la búsqueda de lo interesante o lo que se puede vender.

Irremediablemente, al recordar al periodista polaco, viene a la mente el continente africano, territorio en el que el propio Kapuscinski diera la lección de mirar hacia donde nadie mira, algo que los medios convencionales ya no hacen porque, precisamente, su interés no está en informar o educar, sino en vender.

Si de pronto pensáramos en mirar hacia donde nadie lo hace, tendríamos en la mente, por ejemplo, el caso de Burkina Faso, un país en África Occidental que durante 27 años estuvo gobernado por Blaise Compaoré, quien llegó al poder gracias a un golpe de Estado que derrocara a Thomas Sankara, uno de los líderes antiimperialistas más importantes del Siglo XX, quien además era muy querido por su población.

Para muchos africanos, el imperialismo fue lo peor que pudo pasar, no sólo por la esclavitud y el robo de recursos naturales que implementaron las potencias Europeas y Estados Unidos luego de sus invasiones al continente, sino también, por la forma en la que dividieron sus territorios. Luego de la Conferencia de Berlín, de 1884, países como Francia, Alemania y Reino Unido, se repartieron el gran continente negro de las formas más arbitrarias e inverosímiles sin pensar en las consecuencias para la población indígena.

Cuando uno mira las fronteras políticas en África, es obvio que se trata de líneas rectas que rompen toda delimitación geográfica natural. ¿Qué implica esto? Como lo explica el líder independentista de la Costa de Oro (ahora Ghana), Kwame Nkruma en su propia autobiografía, esto destruyó la dinámica ancestral de cientos de poblaciones; por ejemplo, la comunidad Ewe, que luego de los procesos coloniales quedó dividida en tres países: el Togo inglés, el Togo francés y la Costa de Oro. Muchas familias un día despertaron y de la nada, ya las dividía una frontera.

Es por eso que para muchos africanos, los movimientos antiimperialistas como el de Sankara, generaron la esperanza de un nuevo comienzo para su continente, incluso ya insertos en el sistema mundo, todavía nuevo para ellos. Sin embargo, mediante golpes de Estado, muchos de ellos auspiciados por las propias potencias europeas o por E.U., los líderes golpistas se encargaron de que todo siguiera igual.

En 2014, un grupo civil llamado Le Balai Citoyen, que en francés se traduce como Los barrenderos ciudadanos, lograron derrocar al gobierno de Compaoré, bajo una organización en la que tienen cubes regionales y asambleas en las que existen portavoces, mas no presidentes. Además, han realizado colectas para mejorar hospitales entre otras iniciativas ciudadanas.

Pero, ¿por qué estas historias son poco conocidas? Burkina Faso es uno de los países más pobres del mundo. Su principal socio comercial es la Unión Europea, y subsiste principalmente de la agricultura; sólo un poco de su economía proviene de la industria minera, que resulta poco competitiva, y de los servicios. Es decir, Burkina Faso, como producto informativo, no vende, como sí lo hace, por ejemplo Venezuela, una nación que también tiene un gobierno proveniente de un golpe de Estado pero que también posee una de las mayores reservas de petróleo en el mundo.

El fin de semana, miles de venezolanos salieron a las calles para apoyar a Nicolás Maduro, el presidente electo de la República Bolivariana de Venezuela, luego de que en días recientes, Juan Guaidó, político opositor, se autoproclamara presidente encargado de su país, respaldado por el Jefe de Estado norteamericano, Donald Trump, y por otras naciones, así como también por un sector social de su nación.

La cobertura mediática a este hecho ha sido tremenda: no hay espacio noticioso que no cubra el devenir del país sudamericano cuando lo que se está viviendo, es simplemente una reedición del intervencionismo estadounidense del Siglo XX: conceptos como soft power o la doctrina de El Gran Garrote, resurgen como los instrumentos de Estados Unidos para mantener su hegemonía continental y si a caso, mundial.

Pero, hace apenas unos años, un movimiento impresionante como lo fue el Le Balai Citoyen, no mereció más que alguna mención aislada y ya, sin importar que fue una muestra de cómo la ciudadanía organizada, y no un gobierno extranjero, pueden deponer a un dictador, incluso a veintisiete años de su encumbramiento en el poder.

¿Por qué será que hay movimientos tan mudos y otros tan altisonantes que de unos todos somos expertos, aunque no lo seamos, y de otros no sabemos nada, aunque sean importantes? Y no, no es sólo porque compartimos continente, porque de Bagdad, de Afganistán, de Libia, de Irak, de todo eso sí nos enteramos, porque justo, sí que vendía. En un sistema mundo tan globalizado todo debería importarnos, todo se interconecta. Sin embargo, sólo nos interesa lo que está en la pantalla, lo que vende, lo que nos dicen que es trascendental.

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