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Cuidado con el oportunismo

 

Hace cerca de 14 años fuimos al Puerto de Acapulco y el secuestro de mujeres ya era algo que sucedía con relativa frecuencia; la entidad la gobernaba Zeferino Torreblanca, a quien por cierto, en los primeros días de su gobierno le apareció un descabezado en la costera. La violencia se hacía frecuente.

En el sexenio de Felipe Calderón, la situación empeoró con la declaración de la “Guerra al Narcotráfico”; los secuestros que tenían como objetivo demandar el pago de dinero a cambio de la vida de la víctima se convirtieron en levantones.

“En el marco de la guerra contra el narcotráfico emprendida por el gobierno del expresidente Felipe Calderón Hinojosa, se acuñó el término ’levantón’, noción que difiere del secuestro porque no existe petición de pago de rescate a cambio de la liberación del retenido. Se da entre maleantes y es inexistente en los códigos penales, surgió para referirse a una de las maneras con que las mafias del narcotráfico muestran su fuerza. La diferencia ente un levantón y un secuestro típico es que por el levantado nadie exige rescate y sus familiares rara vez lo vuelven a ver; ni siquiera aparece su cuerpo, simplemente desaparece. Los levantones son el resultado escabroso de la ineficacia del Estado, en tanto que los secuestros se han convertido en una industria redituable que opera porque hay impunidad”, así lo puntualiza el estudio “El Secuestro en México durante la primera década del siglo XXI”, un recuento hemerográfico, bajo la Coordinación de María Teresa Camarillo, de la UNAM.

En pocos años pasamos de la Guerra contra en Narco explícita y escandalosa de Calderón, a la guerra contra el narco silente e igual de ineficiente de Enrique Peña Nieto, los “levantones” y los secuestros se incrementaron.

Mujeres plagiadas, arrancadas de los brazos de sus familias por el simple hecho de ser mujeres y objeto del deseo de los criminales.

De vuelta a Guerrero, cuando los meseros de algunos restaurantes de lujo sobre la carretera escénica, advertían a las familias que llevaban jovencitas que nos se quedaran en el lugar para no ser detectados por plagiarios, pues a decir de ellos “sólo bastaba para que se las llevaran que a algún capo le llamara la atención”. La situación se hizo incontrolable no solo en Guerrero sino en gran parte del país.

Tristemente México continúa viviendo tiempos violentos, que nos asustan, que nos enojan, que nos indignan, que nos ponen en alerta, que hace más profunda una crisis social que arrastramos desde hace más de cinco lustros.

El daño infringido a la estabilidad del país ha sido enorme y hoy la sociedad está cansada y exigente, caldo de cultivo para que los oportunistas se trepen a un discurso de descalificación del actual gobierno y tomen como propias demandas que en el pasado desaprobaron e incluso despreciaron o reprimieron.

Es así que no debemos de olvidar a las mujeres indígenas violadas en Veracruz y Guerrero en 1994, 2003 y 2007; las muertas de Juárez que de acuerdo con cifras del INEGI, de la Fiscalía General de Chihuahua y bases de datos propios, en los últimos 25 años suman mil 779 mujeres víctimas de homicidio dolosos en Ciudad Juárez.

Que no se nos olvide la tragedia que ha convertido a Juárez en un cementerio que inició en 1993 con la primera víctima que se contabilizó, una niña de tan solo 13 años de nombre Alma Chavira Farel. Gobiernos han ido y venido en esa entidad y el crimen y el feminicidio no han sido resueltos.

Que no se nos olviden los más de 52 mil feminicidios ocurridos en los últimos 32 años; que no se nos olviden los asesinatos de Ingrid, de Abril y de Fátima en los últimas semanas.

Pero que tampoco se nos olvide quién ha estado en contra de la lucha legítima de las mujeres; hay que recordar que tienen nombre y apellido.

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