Y México era una fiesta. Reflexiones sobre el primero de julio de 2018

En 2018, nuestro colaborador, José Miguel Candia, publicó en la revista Pacarina del Sur un texto sobre el triunfo de Andrés Manuel López Obrador titulado: “Y México era una fiesta”. Hoy, a días de haberse cumplido dos años de la toma de protesta del actual presidente, lo compartimos en A Barlovento Informa.

Con más voluntad que talento y con más determinación que pergaminos académicos, según el juicio burlón de algunos analistas, Andrés Manuel López Obrador triunfó en la histórica elección presidencial del uno de julio de 2018. Reconocidos pensadores mexicanos de la derecha ilustrada – Roger Bartra, Jorge Castañeda Gutman, Aguilar Camín y Gabriel Zaid, entre otros – o el historiador marxista John Womack, dieron rienda suelta al resentimiento personal y a una poco disimulada pedantería académica. Les resultó fácil, solazarse con el hablar entrecortado y la simpleza expositiva de López Obrador. Gabiel Zaid – tan discreto que se esconde detrás de las puertas y no acepta que le tomen fotografías – y Aguilar Camín, siempre listo para los reflectores, manifestaron estar horrorizados por el uso del vocablo “fifí” con el el cual AMLO suele calificar a la prensa conservadora. Bartra cuestionó, espantado, el nivel educativo y las pocas luces del candidato. Este excomunista, no pudo ocultar la animadversión que le provoca la figura de Andrés Manuel. En una entrevista que concedió a Cecilia Ballesteros, reportera del diario El País (México, 25/06/2018) y al referirse a la relación del candidato con las instituciones, expresó: “Ahí entra en juego otro factor que es el bajo calibre intelectual del futuro presidente […] y de su equipo. A [López] Obrador no se le puede caracterizar por tener gran lucidez o conocimiento, navega por el espacio con las luces apagadas. Eso es peligroso”.

John Womack, historiador marxista de indudable reconocimiento en el mundo académico, subestimó el triunfo de Andrés Manuel por tratarse de una propuesta que no se define como “anti-capitalista”. Para estos críticos, la modesta vida universitaria del candidato – y las tibieza de su programa – hoy triunfante, es un mal de raíz que conspira contra el buen desempeño de su gestión al frente del Ejecutivo Federal. A la distancia, también se sumó al coro Mario Vargas Llosa. Pudo escucharse, la voz suplicante del premio Nobel que desde Madrid, pedía a los votantes mexicanos no atender el canto de sirena del pastor populista.

Hay bastante mala fe en esas expresiones, pero debemos admitirlo, en circunstancias específicas el éxito en el espacio de la lucha política y disputa por los cargos de elección popular, se explica por la tenacidad de sus protagonistas. Se dice fácil, pero estar en el lugar adecuado y en el momento adecuado, requiere ciertos talentos que se cuentan como granos de oro. La capacidad del candidato ganador para absorver agravios y sinsabores y el empeño que puso en la difícil tarea de remontar adversidades, fueron factores que contribuyeron a jalonar su victoria.

Se necesitan espaldas muy anchas y piel de elefante, para soportar la cargada mediática más infame y sostenida de la vida institucional mexicana desde el momento en que el país ingresó, en 1988, en el ciclo de verdadera competencia electoral. Ese fue el derrotero de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) cuando enfrentó el intento de desafuero, siendo Jefe de Gobierno de la Ciudad de México (CDMX) en 2004, una marrulleria jurídica mediante la cual el gobierno de Vicente Fox intentó inhabilitarlo politicamente. Le siguió el empeño y el valor puesto en las dos primeras y fatigosas campañas por la presidencia de la República en 2006 y 2012.

El proceso que vivió el actual presidente electo fue vertiginoso. A mediados de 2014 López Obrador decidió separarse del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y construir una alternativa propia. Recordemos que el PRD es una agrupación creada en 1989 por Cuahtémoc Cárdenas y otros líderes políticos y sociales desprendidos del histórico Partido Revolucionario Institucional (PRI) y de distintas vertientes de la izquierda. Debe destacarse el aporte de figuras como Heberto Castillo del Partido Mexicano de los Trabajadores, de Adolfo Gilly del Partido Revolucionario de los Trabajadores y del exdirigente estudiantil Pablo Gómez del Partido Comunista.

En sus inicios el PRD tuvo el sano propósito de gestar un espacio político-electoral de centro-izquierda, con capacidad para disputar gobernaturas y cargos legislativos, tanto al PRI como al Partido Acción Nacional (PAN), la organización clásica de la centro-derecha mexicana. Cabe mencionar, que el PAN nació en 1939 como resultado de la inspiración de Manuel Gómez Morín, quien concibió a esta organización como alternativa ciudadana frente al aparato corporativo del PRI, por décadas el partido hegemónico y desde su nacimiento en 1929, autoproclamado heredero de las banderas históricas del movimiento social de 1910.

Por el lado del PRD, las cosas marcharon peor. Para desencanto de muchos de sus votantes, el andar de este partido fue tan apresurado como efímero. Bastaron algunos años para que se cumpliera la sentencia de Octavio Paz, el poder y el dinero no son fuego que purifican. El contacto con los cargos públicos, la negociación con los poderes fácticos y también, hay que señalarlo, la impericia y deshonestidad de algunos de sus dirigentes, llevaron al PRD a una pendiente en la que se fueron degradando sus principios fundacionales y desvirtuando sus postulados políticos. Hacia el año 2014 poco quedaba del mandato original con el cual lo pusieron en marcha Cuauhtémoc Cárdenas, Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo. De la propuesta original solo permaneció un conjunto de enunciados vacíos, aptos para suscribir acuerdos tras bambalinas, pero lejos de la propuesta de representación popular con la cual fue gestado en 1989.

En noviembre de 2012, en vísperas del cambio de gobierno, el PRD suscribió junto con el PRI y el PAN, un documento programático denominado Pacto por México, en el cual se daba vía libre a las llamadas “reformas estructurales” . Con ese acuerdo el PRD selló su suerte y apresuró su desenlace como una estructura política descafeinada y sin oferta clara para sus electores. Como parte del pacto suscrito se avaló la promulgación de un nuevo marco legal con el propósito de facilitar el ingreso del capital privado nacional y extranjero, en la explotación de yacimientos petroleros y fue aprobada la “reforma educativa”, un engendro “modernizador” que nunca terminó de explicarse, ambas iniciativas son dos de los puntales que dieron soporte a las acciones de gobierno del presidente Peña Nieto. El PAN estaba en condiciones de defender su alianza coyuntural con el PRI argumentando la similitud de las propuestas económicas de ambos partidos. El PRI-AN no era solo una expresión de la picarezca popular mexicana. El PRD, en cambio, no podía explicarle a su auditorio porqué había que privatizar buena parte de las actividades del sector energético sin renunciar con ello, a los principios que le dieron sentido como agrupación política pocos años antes.

Adiós al PRD: nace el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena)…

Puedes consular el texto completo en el siguen enlace http://pacarinadelsur.com/home/oleajes/1688-y-mexico-era-una-fiesta-reflexiones-sobre-el-1-de-julio-de-2018

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