En todo libro de historia latinoamericana debería existir un capítulo dedicado a la gesta cubana en Angola: si las fuerzas armadas cubanas no hubieran intervenido en la guerra civil que ensangrentó a esta nación africana, probablemente el régimen racista del apartheid sudafricano no sólo hubiera sobrevivido, sino se habría vuelto más agresivo, acaso hasta llegar al uso de las armas atómicas –primitivas para estándares actuales, pero no por ello menos letales- con las que contaba antes de su desintegración. 

Cuba logró con una decidida acción militar –la batalla de Cuito Cuanavale de marzo de 1988- detener el avance de las tropas sudafricanas y sus aliados, estabilizando el frente de esta sangrienta contienda. Luego vendría el largo camino a la paz, pavimentado por años de guerra de guerrillas contra las fuerzas irregulares de un ya muy decadente –y peligroso- Jonas Savimbi, cuya muerte facilitó el regreso paulatino de la tranquilidad, luego de  cincuenta años de guerra, si contamos además de la lucha fratricida el levantamiento independentista contra el decadente imperio portugués.

Ya en este siglo empieza a entenderse porqué Angola fue tan disputada: rica en hidrocarburos y diamantes, a partir de la pacificación definitiva de 2002, la antigua colonia de Lisboa parecía tener un futuro promisorio. 

De ahí que las más recientes noticias duelan, y mucho: la corrupción rampante del gobierno en Luanda era un rumor más que insistente, acaso agravado por la permanencia en el poder de José Eduardo dos Santos, un héroe de la lucha contra la milicia de Savimbi y los Boers; no supo dos Santos transitar a la pluralidad y la alternancia en el poder y le ocurrió algo parecido a lo acaecido con Porfirio Díaz: el enjundioso general liberal convertido en dictador; el paso de los años no es generoso con todos los que ejercen el poder absoluto. Pero sus errores podrían incluso haberse atemperado –su hoja de servicios habla de un hombre que trató de mantener la unidad de Angola sin descanso en los días más aciagos de la guerra civil-; si no fuera por el actuar de su hija.

Isabel dos Santos, nacida en Bakú en 1973 cuando su padre estudiaba ahí una ingeniería química especializada en temas petroleros, bajo la tutela de la extinta URSS, se ha convertido en estos primeros días de 2020 en protagonista de su propia historia que dista mucho de tener episodios heroicos como la de su padre, pues la de ella es un relato de corrupción. Las redes del entramado de abuso del erario angoleño, lavado de dinero y evasión fiscal están relatadas con lujo de detalles en los “Luanda Leaks”, un gigantesco esfuerzo de periodismo de investigación auspiciado por la Plataforma para Proteger a los Denunciantes de África, y el Consorcio Internacional de Periodistas de Inverstigación, entre los que destacan el equipo de reportaje de fondo del periódico portugués Expresso. Son más 700 mil documentos –contratos, presentaciones en power point, correos electrónicos, informes de auditores alterados y hojas de cálculo alternas o confidenciales- que van detallando el imperio corrupto y corruptor de Isabel dos Santos.

Ninguna actividad le era ajena a Isabel y a su soberanía de empresas interrelacionadas: cementeras, joyerías, constructoras, telecomunicaciones, turísticas. Pero la joya de la corona era su control casi omnímodo sobre la petrolera estatal de Angola, Sonangol. Una petrolera que terminó sin recursos financieros por pagar a sus asesores financieros –otra empresa controlada por Isabel y sus amigos más cercanos. Pero acaso la inversión más extraña fue aquella que realizó a través de fondos públicos, comprando una empresa de alta joyería italosuiza, de Grisogono, la cual luego de adquirida por una entidad del estado angoleño tuvo que ser saneada con un crédito blando, avalado por el gobierno de Angola, otorgado por un banco controlado por Isabel dos Santos y su esposo. Negocio redondo, aunque muy ruinoso para el contribuyente de Angola.

¿Quién le dio esa capacidad a Isabel para crear empresas en paraísos fiscales y meros cascarones, para comprar entidades que enmascararon su verdadera fortuna e incluso detentar, a través de un intrincado mecanismo accionario, una buena parte del capital de un pequeño banco portugués? Es cierto que ella tenía estudios empresariales, obtenidos en Londres, pero esta habilidad para crear castillos en el aire tenue de la opacidad financiera sobrepasa la disposición mental de una sola persona, no importa qué tan hábil sea para la imaginativa elusión fiscal. Isabel tuvo la ayuda, ni tarda ni perezosa, de la importante firma de auditores fiscales y asesores de negocios PwC (Price Waterhouse Coopers), una de las “cuatro grandes” entidades dedicadas a la consultoría de negocios. Las revelaciones de los Luanda Leaks tienen al director global de la firma de asesores, Bob Moritz, muy “sorprendido y decepcionado”. Obviamente afirma no saber qué estaba pasando –algo que tendrá que explicar a las autoridades de varios países de la Unión Europea, quienes están realizando acciones legales para comprobar lo denunciado-.

En Angola el presidente Joao Lourenco, otro veterano de la guerra civil y el conflicto armado contra Sudáfrica, ha procedido con el congelamiento de cuentas y aseguramiento de propiedades a cargo de Isabel dos Santos y su esposo, el inquieto coleccionista de arte contemporáneo Sindika Dokolo. Evidentemente, la pareja que tuvo el toque de Midas –o del legendario Mansa Musa, emperador de Mali cuya fortuna en oro sigue siendo evocada por los africanos- ya no está en Luanda. ¿Estarán acaso en sus villas palaciegas de Portugal, Inglaterra, Francia…? ¿O en la isla artificial del complejo Jumeirah que el matrimonio dos Santos-Dokolo adquirió recientemente en Dubai? Difícil saberlo. Isabel ha dado declaraciones esporádicas a los medios internacionales, pero no ha sido muy clara sobre su paradero. Eso sí: ha dicho que no piensa volver a Angola pues “la situación ahí es de mucha inseguridad, hay muchos asaltos”. Ella sin duda sabe de lo que habla.

Mientras el padre de Isabel, José Eduardo dos Santos, agoniza en un hospital de Barcelona, hay varias ideas sobre las cuales podemos reflexionar ante estas noticias de Angola. La primera es cómo la corrupción destruye legados y mancilla luchas legítimas; no importa qué tan pura haya sido una lucha política si al final se envilece con la destrucción de los ideales que la vieron nacer. Recuerda esto a “La sombra del caudillo”, de Martín Luis Guzmán: la política mexicana nacida de la Revolución rápidamente aprendió dos oficios oscuros: el madruguete, o el arte del salteador de caminos y el emboscado, así como la vara mágica de la corrupción, que levanta patrimonios y hunde idearios.

En todo libro de historia latinoamericano, en el capítulo dedicado a Angola y su gesta, convendría abrir una sección con la picaresca de Isabel dos Santos, a manera de advertencia: toda revolución y cambio de régimen tienen el potencial para crear un retroceso si cedemos el timón a la ambición patrimonial. No es del todo una historia africana; bien vista, es una historia muy cercana a nuestro pasado reciente. De nosotros depende haber comprendido la lección que entraña esta noticia que nos llega de Angola.

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