“Pirata Colón”, sobre el 12 de octubre

En 1492, los nativos descubrieron que eran indios, descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos, descubrieron que existía el pecado, descubrieron que decían obedecer a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo, y que ese dios había inventado la culpa y el vestido y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que moja”, escribió el periodista uruguayo, Eduardo Galeano en su libro “Los hijos de los días”.

Hace más de 500 años, los nativos de ese territorio, que antes no era América, miraron asombrados la llegada de cerros navegantes y hombres barbados, con ropas metálicas, montando bestias cuadrúpedas que ellos jamás habían visto. ¿Imaginas eso, mirar de frente a un ser vivo totalmente distinto a lo que conoces? En nuestros días, eso sólo se asemejaría a la llegada de seres extraterrestres.

Según datos del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública (CESOP) de la Cámara de Diputados, la población indígena que aún habla alguna lengua representa un 14% de la población total de México, y se concentra sobre todo en estados como Yucatán, Quintana Roo, Campeche, Oaxaca y Chiapas; en el caso de estos últimos, muchas comunidades de pueblos originarios viven aisladas en la sierra, en zonas donde apenas comienza a llegar eso de lo que algún día escaparon sus ancestros: “civilización”.

Muchas veces las personas de las ciudades, esos que votan por sus gobernantes y caminan por las plazas comerciales con un café en la mano, mirando los aparadores, justifican que los indígenas viven en extrema pobreza porque existen ahí, replegados en los montes, lejos de los autos, la comida chatarra y los avances tecnológicos; pocos entienden que esas comunidades no nacieron ahí, sino que fueron obligadas a esconderse en los montes, por miedo al hombre blanco.

Durante la segunda mitad del Siglo XX, mucho después de que Colón, Cortés, Pánfilo de Narváez, Rodrigo de Triana y compañía pisaron esta pisoteada América, la otra América, la que se siente única, la del Norte del continente, adiestró a muchos pobladores a lo largo del continente para asesinar indígenas, como en el caso guatemalteco, donde la masacre contra los pueblos originarios resultó una carnicería sin escrúpulos denunciada en gran medida por Rigoberta Menchú.

Tras la invasión occidental, a los “indígenas americanos” les dieron espejitos a cambio de su oro; hoy no son espejos, son despensas, caminos pavimentados, alumbrado público, sistemas de aguas o cualquier obra de infraestructura precaria que el sistema les ofrece como si les hiciera un favor.

Poco nos importa la lucha de la Nación Wixárika por defender sus tierras sagradas de las grandes mineras transnacionales, en el norte y occidente del país; caso omiso hacemos a los intentos de comunicación indígena, como radio Ñomndaa, La Palabra del Agua, que transmite desde Cerro de las Flores, en Suljaa, Guerrero; en 1994, un ejército indígena zapatista, tomó las armas en Chiapas para exigir sus derechos y simplemente fueron reprimidos, aislados y olvidados: otros locos que se atreven a soñar y a exigir lo que por derecho les pertenece.

El mismo Galeano decía en su texto “Muros” que, según un proverbio africano, “la mano que recibe siempre está debajo de la mano que da”. Al final de cuentas, “Las venas abiertas de América Latina”, termina por ser un recuento del terrible saqueo y dominación que han sufrido por cientos de años los pueblos originarios del continente americano. Parafraseando nuevamente al autor, queda de manifiesto que para muchas naciones los recursos naturales terminaron por ser su maldición.

Hoy, ya no son las potencias europeas, pero es el imperialismo de los Estados Unidos, China, Rusia las que no para de asediar en América Latina debido a su riqueza petrolera, como algún día el viejo mundo hostigó a Mesoamérica por sus metales, e incluso África por sus maderas y sus piedras preciosas. ¿Será casual que Bolivia, que tiene una de las reservas más grandes de litio y una población de 64 por ciento o más con origen indígena, haya sufrido un golpe de Estado para derrocar al gobierno nacionalista de Evo Morales?

El otro día uno de mis alumnos contó en clase que cierta mujer otomí que conoció alguna vez decidió ya no enseñar su lengua originaria a sus hijos porque sentía que se burlarían de ellos en la escuela: así de profunda y dolorosa es la huella del nuevo imperialismo cultural contra esos pueblos con los que, sin duda, tenemos una deuda histórica.

También la globalización y la sociedad homogénea por la que luchan las potencias es una forma de colonización moderna, porque la comida que preparan los pueblos originarios no se compra en un McDonald’s ni sus ropas se compran en plazas comerciales: ser indígena es ser invisible e inservible para el neoliberalismo.

Vinieron en unos barcos con baratijas del mundo viejo, hace ya quinientos años sufrió la vida un gran desprecio; la vida allá en Europa es muy dorada a mí me contaron; todo ese brillo robado es puro oro americano… cuídate pirata Colón, que ya se despierta la raza del sol…”, dice por ahí un canto que vale la pena recordar hoy 12 de octubre.

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  • Licenciado en Comunicación y Periodismo por la FES Aragón. Maestrante en Periodismo Político por la EPCSG. Pasante de Relaciones Internacionales también en la FES Aragón. Columnista del diario El Día y profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la Universidad Iberoamericana y de la Universidad Obrera de México. Ha publicado las novelas Peor es nada (Ed. Fridaura), Ella no sabía nada de Bakunin (Ed. Fridaura) y El amor no es suficiente (Ed. Endira).

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