Un paso más lejos de Pinochet, ¿por qué es importante que en Chile hayan decidido cambiar su Constitución?

Hay tantas cosas que decir para explicar por qué es tan simbólico el que la sociedad chilena se levante y le diga “¡basta!” al que por fin es el enemigo único del pueblo en los países que no han superado la llamada “trampa del subdesarrollo”. Las razones para agradecerle a los chilenos son tantas como las esperanzas que han levantado desde hace un año que se quejaron por millones en contra del neoliberalismo.

Hoy su lucha se materializa cuando con más del 75 por ciento de los votos escrutados, casi 80 por ciento de los chilenos decidieron que se debe cambiar la Constitución de su país, heredada de la dictadura que encabezó Augusto Pinochet (1973-1990).

Pero esto es importante no sólo para la sociedad chilena, sino también para aquellas personas que luchan por cambiar el rumbo de un mundo que a diario se vuelve más desigual, que el país laboratorio en América Latina del modelo económico imperante de un revés un montón de leyes pensadas para dominar económicamente a un pueblo.

En principio recordar la ahora multicitada “Doctrina del Shock”, explicada por la socióloga Naomi Klein, la cual tuvo su mejor ejemplo en la crisis que vivió Chile cuando un golpe de Estado derrocó a Salvador Allende, el primer presidente en América Latina que logró ganar un proceso electoral con un proyecto abiertamente socialista en 1970, uno que sólo duró tres años.

En 1973, Augusto Pinochett orquestó a los militares que el 11 de septiembre terminaron con el sueño de la justicia en Chile y que a la vez, iniciaron un proceso neoliberal tras el cual, claramente, se encontraba la mano de los Estados Unidos, en un contexto de Guerra Fría donde la potencia norteamericana no se podía dar el lujo de permitir un proyecto socialista, afín a la Unión Soviética, en su propio continente.

Es por eso que echaron a andar las enseñanzas de la escuela de Chicago, una corriente norteamericana estructiralista que se caracteriza por sus teorías sobre una sociedad a la que se le puede manipular como si fuera una masa homogénea que carece de individualidades, que no tiene criterios más que los impuestos por las fuerzas de la opinión pública impuesta desde los medios de comunicación o la educación.

Entonces la “Doctrina del Shock”, se puede entender de mejor manera desde la teoría del psicoanálisis de Josef Breuer, en la cual se indica que un evento traumático impacta más a un individuo cuando se encuentra vulnerable por alguna situación fuerte que haya experimentado en ese momento de su vida.

En Chile, aquel día en el que cayó Allende, las fuerzas del neoliberalismo, entiéndase las potencias capitalistas como Estados Unidos y sus aliados, crearon un momento de crisis para poner a la sociedad vulnerable y generarle el mayor trauma de las sociedades contemporáneas de Sudamérica: las dictaduras militares, que a su vez, funcionaron como una lección al pueblo para que viera las consecuencias de confiar en el socialismo.

A la vez, y aprovechando el caos, aplicaron las teorías de uno de los más reconocidos monetaristas de la escuela de Chicago: el premio Nobel en 1976, Milton Friedman, quien postuló: “Solo una crisis, real o percibida, da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo depende de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable”.

Y el neoliberalismo en Chile fue inevitable: las pensiones se privatizaron, la educación, la salud, y así por años en Chile sufrieron las desapariciones de miles de ciudadanos a la vez que se acostumbraban, por miedo, a vivir en un país donde todo cuesta, donde la macroeconomia era estable y beneficiosa para los grandes mercados, pero la microeconomia esclavizaba a la sociedad.

Eso hasta octubre de 2019, cuando las nuevas generaciones le perdieron el miedo a la dictadura militar. Por eso Sebastián Piñera, actual presidente de Chile, ante las protestas sacó de inmediato al ejército a las calles, para recordar a la sociedad cuál era la consecuencia de oponerse al régimen neoliberal, pero los jóvenes, trascendiendo la oscura historia de su patria, dijeron: “¡basta!”.

Hoy Piñera ha dicho que esto es “un triunfo de la ciudadanía y la democracia” y añadió: “Hemos demostrado nuevamente la naturaleza democrática, participativa y pacífica del espíritu de los chilenos y del alma de las naciones honrando nuestra tradición de república”. Sin embargo olvida la represión que ordenó contra su pueblo hace un año, volando derechos humanos básicos y atacando a los manifestantes con balas de goma.

El Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), ente público en Chile, pero independiente que monitorea las protestas, señaló que del 17 al 29 de octubre de 2019 había más de 3 mil 500 personas detenidas. De ellas, más de mil 100 han sido heridas y de estas, casi 600 están lesionadas por armas de fuego de distinto tipo.

Durante las manifestaciones, del año pasado, se registraron al menos 26 fallecidos y más de mil heridos; asimismo, hubo muchos señalamientos de abuso de la fuerza e incluso ataques estratégicos a los ojos de los protestantes.

Por eso hoy, desde donde quiera que esté, Salvador Allende seguro le sonríe a su pueblo, y recuerda su frase: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. Este domingo Chile da un paso más, no para olvidar, pero sí para superar la terrible dictadura de Pinochet que dejó miles de muertos y desaparecidos.

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  • Licenciado en Comunicación y Periodismo por la FES Aragón. Maestrante en Periodismo Político por la EPCSG. Pasante de Relaciones Internacionales también en la FES Aragón. Columnista del diario El Día y profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la Universidad Iberoamericana y de la Universidad Obrera de México. Ha publicado las novelas Peor es nada (Ed. Fridaura), Ella no sabía nada de Bakunin (Ed. Fridaura) y El amor no es suficiente (Ed. Endira).

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